NECROFILIA

difunto

Agustín Francese

“Sí, ya lo sé, me llevas a la muerte,
al lugar de reunión de todos los vivientes.”

Libro de Job 30, 23

La inhumación del cadáver de mi abuelo tuvo lugar en el cementerio de las afueras de la ciudad. La familia barajaba dos opciones: enterrar el cuerpo en una pequeña parcela de tierra rematada por una lápida o depositarlo en un nicho rectangular, en una de las tantas galerías subterráneas que se extienden debajo de aquel enorme promontorio. Ellos no tenían dinero suficiente para comprar una bóveda, pero yo sí, y por eso aproveché la ocasión para adquirir una. La familia me lo agradeció y me cubrió de halagos, pero yo no lo había hecho por ellos. Siempre me habían gustado las bóvedas.

La misa de cuerpo presente se celebró en la capilla oeste del cementerio, una mañana inusualmente sombría. El réquiem invitaba a reflexionar sobre la resurrección de la carne y la vida de ultratumba; y sin embargo, mientras el sacerdote predicaba yo me preguntaba qué prueba existía para afirmar que mi abuelo continuaba viviendo en alguna parte. Realmente me costaba creer en la existencia del más allá y ninguna razón me parecía lo suficientemente categórica como para convencerme de la veracidad de esas doctrinas. Acaso esto se deba a que siempre tuve la odiosa pretensión de probarlo todo. Y es que, en efecto, siempre me limité a dar crédito a lo que ven mis ojos y, sobre todo en estos últimos tiempos, a lo que experimento.

No recuerdo con exactitud cuándo comencé a sentir interés por la muerte. Pienso que fue desde que asistí por primera vez a un funeral, a la edad de doce o trece años. El halo de misterio que rodea los rostros gélidos y aplastados de los muertos me despierta una curiosidad irresistible, una inconfesable fascinación —o, mejor dicho, eso era lo que me despertaba entonces—, y más de una vez me quedé mirando fijamente un cadáver, esperando captar algún movimiento furtivo, una leve inclinación, un exabrupto. Quizá a alguien le pueda parecer extraño este deseo de experimentar con la muerte —incluso yo mismo deploro ahora mi necedad—, pero hasta hace poco todo era diferente.
Una vez finalizada la liturgia, el celebrante se retiró. Lo acompañé con una mirada ausente, de menosprecio quizá, y luego posé mis ojos en los tristes despojos de mi abuelo, cuyas manos oprimían un bello Rosario confeccionado con pétalos de rosa. Un rayo de luz atravesaba el hermoso vitraux, justo detrás del féretro: un antiguo cristal lleno de gárgolas, figuras votivas e imágenes de santos, que iluminaba el níveo arrugado semblante de labios sellados y fruncidos. Yo sabía que las manos de mi abuelo debían estar muy frías. ¡Já! Extremadamente heladas. ¡Umff! ¡Agarrotadas! Y por alguna razón necesitaba experimentar esa gélida sensación, ese toque fatal, ese vacío siniestro lleno de soledad.

Acercándome al ataúd, posé mis palmas sobre los dedos mustios, angulosos. “¿Sentirá algo todavía el pobre viejo?” —pensé, arrebatado por la estupidez. Y al levantar los ojos una gárgola me clavó la vista, mientras los santos ensayaban una sonrisa sarcástica.
Alejándome un poco, permanecí con la mirada pétrea en el triste espectáculo. Varias personas rodearon el féretro y, tomando el Rosario, comenzaron a rezar en voz alta. Mi cuerpo latía, como latía también mi alma, y mi intenso deseo de experimentar con ese cadáver comenzó a acrecentarse con el decurso de cada Avemaría. Aunque por entonces yo era un desalmado y un incrédulo —de alguna manera, todavía lo soy—, recuerdo que le rogué a la Virgen que me apaciguara, que detuviese mis febriles impulsos; pero mis ruegos no fueron escuchados, y una fuerza arrolladora obnubiló por completo mis sentidos, convenciéndome de que aquella podía ser mi gran oportunidad.

Así pasó la mañana y con ella los misterios del Rosario, hasta que la piedad de los parientes fue decayendo y, cerca del mediodía, todos decidieron hacer una pausa para descansar. Fue entonces cuando, al quedar solo el cadáver, vi la ocasión propicia para efectuar mi primera prueba. Acercándome al féretro, me incliné con devoción sobre el cuerpo de mi desvencijado abuelo. Tomé una de sus muñecas, extraje el cortaplumas de acero que siempre llevo oculto en la manga, y con suma delicadeza le apliqué la filosa hoja de metal, haciendo crujir levemente la madera con mi peso. ¡Recuerdo que llegué casi hasta el hueso, provocando que un líquido negro y espeso fluyera pesadamente, aunque sin llegar a manchar la mortaja! Pero me había arriesgado demasiado, y tomando conciencia del peligro de ser descubierto, procedí a secar rápidamente las gotas de sangre con mi pañuelo, depositando la mano en su lugar.

“¿Habrá sentido dolor?” —pensé, mordiéndome los labios, conteniendo el aliento—. “¿Cómo saberlo? ¿Y si en la muerte el dolor se transforma en placer? ¿Y si esa punción le provocó un consuelo?”
“¿La punción?” —repitió entonces una voz, desde un abismo remoto e inaccesible—: “¡Más bien la pulsión, idiota! ¡La pulsión de la nada que me atormenta! ¡La pulsión del horror! ¡El vacío infinito! ¡La soledad inmensa!”

Al oír esto me alejé del cofre y tomé asiento en un rincón, donde permanecí con la cabeza gacha, simulando el llanto. Gracias al cielo nadie me había prestado atención, pero yo no podía dejar de temblar y la violencia que sacudía mis entrañas amenazaba con descargarse de un momento a otro, echando por tierra todas mis expectativas.
Dejé pasar unos minutos y abandoné la capilla para dar un paseo entre las lápidas, con la intención de aquietarme. Sin embargo, lejos de apaciguarme, la tormentosa ansiedad que me quemaba por dentro se confundió con la amargura propia de la insatisfacción. Me sentía frustrado por el resultado de aquella primera prueba, y me obligué a mí mismo, por mecanismos tan demenciales que ni siquiera puedo recordar, a poner en práctica un plan aún más ambicioso. Con respecto a la voz que había escuchado junto al féretro y los curiosos movimientos del vitraux, apenas si les presté atención: muchas veces me había pasado lo mismo en otros velorios.

Agobiado por oscuras reflexiones, tomé el sendero que conducía al pabellón de las bóvedas y me entretuve contemplando las distintas construcciones y ornamentos.
El sepulcro que inauguraba ese día, mi preciado sepulcro, era uno de los más discretos, aunque no por eso menos bello. Enteramente ensamblado en mármol negro, tenía capacidad para albergar hasta diez ataúdes. La estrecha puerta de hierro forjado por la que se accedía al recinto principal representaba un poderoso trío de arcángeles, con antorchas y espadas en las manos, y recordé que era justamente ese adorno lo que me había decidido a comprarla. “En breve ustedes custodiarán al primer morador de mi cripta...” —murmuré, alucinado por las imágenes—: “¡A mi primer huésped!”. Y entonces, al contemplar nuevamente las espadas y las manos, casi como un relámpago se me cruzó por la cabeza la temeraria maquinación que habría de poner en práctica, y que me sumiría en la terrible desgracia que pronto conocerán.

Volví corriendo a la capilla con el corazón en llamas; impulsado por una fuerza que bien podría calificar como sobrehumana, ingresé en el recinto principal y observé al último grupo de parientes que se retiraba, guiado por los sepultureros, para descender al primer subsuelo del promontorio, donde se llevaría a acabo la última etapa del funeral. La capilla quedó completamente desierta, salvo por la presencia del cadáver de mi abuelo y un empleado de la empresa fúnebre que se había quedado allí, custodiando el ataúd que posteriormente debía llevar abajo. Y todas las gárgolas del vitraux se dieron vuelta para mirarme, alentándome para que llevase adelante mi terrible maquinación.

Me acerqué al hombre mientras verificaba que la puerta de la sacristía continuara entreabierta —(yo sabía que ésta comunicaba, a su vez, con el cobertizo que servía de depósito para los empleados del cementerio)—, y le hice un ademán para que se aproximara. La llama de mi locura ardió con mayor vehemencia al comprobar que se trataba de un hombre débil y enjuto, y cuando lo tuve a mi lado le pedí en voz baja que me acompañase hasta la sacristía, para buscar algo que el sacerdote había olvidado. Una vez allí, tomé una pesada cruz de hierro y lo golpeé en la cabeza, matándolo instantáneamente. Y luego volví a la capilla y me llevé el féretro que reposaba sobre un rústico carromato, encerrándome con ambos cadáveres en la sacristía para completar mi plan.

Extraje mi cortaplumas de acero y despellejé la faz de mi querido abuelo para realizar una perfecta máscara de sus facciones. Luego arranqué su cuero cabelludo y formé una grotesca aunque verosímil peluca. Acto seguido me dirigí al cobertizo anexo, en el que coloqué momentáneamente al sepulturero, y allí, como bien supuse, encontré una lata de pegamento, un martillo y un hacha pequeña de mango corto de las que se utilizan para jardinería. Con el hacha corté las manos del anciano a la altura del antebrazo, cuidándome bien de limpiar todo rastro de sangre, y con el ungüento me calcé firmemente la peluca y la mascarilla a fin de ocultar mi rostro. Luego alcé el cadáver de mi abuelo y lo llevé hasta el cobertizo, depositando su cuerpo y el del sepulturero en el fondo de un arcón que contenía ornamentos en desuso. Un intenso escalofrío de placer recorrió mis venas cuando cerré el candado que pendía de los herrajes.

Pero todavía me faltaba algo...

Volviendo a la sacristía, examiné rápidamente el ataúd. Era rectangular, confeccionado en madera de pino y enchapado interiormente con una delgada lámina de zinc: un cofre de pésima calidad, fácil de desarmar. Con un certero martillazo en cada extremo logré desprender la chapa interior y desmontar el panel de la cabecera sin resquebrajar la madera. Hice palanca con el hacha y la tapa salió limpiamente. Después puse el panel otra vez en su lugar, pegando interiormente sólo uno de los bordes, y oculté las herramientas debajo de la cama plástica que, junto con la mortaja, servirían para disimular cualquier irregularidad. Un fuerte golpe iba a ser suficiente para desarmar nuevamente la tapa y así abrir mi vía de escape tras haber probado la muerte. Y cuando todo estuvo listo para el comienzo de la función, llevé el carromato de vuelta a la capilla, ocupando con indecible deleite el lugar de mi abuelo en su lecho de muerte.

***

¿Cómo describir la maravillosa sensación que experimenté cuando los parientes se reunieron a mi alrededor para derramar sus más hondos suspiros? ¿Cómo expresar la inefable emoción de permanecer inmóvil, inerme y abatido, en ese misterioso estado que siempre había querido gustar? ¿Cómo narrar lo que siente un muerto?
Debajo de la pulcra mortaja latía despacio —cada vez más despacio— mi inquieto corazón empedernido, apenas perceptible, por poco inanimado, casi yerto. Mi abuela gemía y sollozaba mientras acariciaba con vehemencia las arrugadas manos que yo sostenía por dentro y hasta me pareció sentir su pulso acelerado, contrito, inconsolable. Las lágrimas de mis tíos regaban profusamente el cada vez más hinchado y deformado rostro que con firmeza permanecía adherido al mío. ¡Y cuán excitante me pareció el frío mortal que recibí de golpe, cuando aspiré suavemente a través de las huecas narices de mi abuelo!

Mi plan estaba funcionando a la perfección. Más allá del hedor, más allá de las incomodidades, la máscara de piel era perfecta, y ni que hablar de las manos. El disfraz en su conjunto era una verdadera obra de arte y casi se me escapa una carcajada al imaginar qué caras pondrían los parientes si se descubriese semejante artificio.

Sin embargo, mi éxtasis mortuorio no duró demasiado. Mientras la gente desfilaba para darme su último adiós, comencé a sentir un extraño adormecimiento en los brazos y en las piernas, como si el efecto paralizante de una poderosa anestesia hubiera tomado posesión de mi organismo. Pensé que tal vez me podía estar faltando el aire, ya que la máscara de piel era bastante gruesa, o que aquello podía deberse a la incómoda posición en la que me encontraba; tratando de relajarme, intenté continuar disfrutando de la experiencia. “A fin de cuentas” —pensé—, “según mis cálculos no falta mucho para que me lleven a la bóveda donde, una vez solo, podré salir fácilmente gracias al ingenioso dispositivo que he previsto”.

Pero a medida que transcurrieron los minutos mi angustia se fue intensificando, hasta que, súbitamente, fui poseído por un terror infinito.

En efecto, el gusto por la muerte se desvaneció por completo y, espantado, tomé conciencia de que ya no podía mover mi cuerpo. Mi corazón dejó de latir; y en un rapto de desesperación que obnubiló por completo mis sentidos traté de abrir los ojos y pedir auxilio a los gritos, sin importarme ni medir las consecuencias. Pero ni mis ojos ni mi lengua respondían; y el rígido hielo que me encadenaba se iba haciendo cada vez más intenso, cada vez más profundo, cada vez más penetrante, hasta alcanzar todos mis huesos.

Pronto comprendí que sólo podía escuchar: escuchar y padecer los agudos suplicios que, enseguida, comenzaron a atormentarme. Y así oí voces y movimientos hasta que, después de un tiempo, sobrevino un aterrador silencio. Yo había previsto la manera de salir de ese cofre cuando estuviese tapado (¡ay de mi!), cuando estuviese en la cripta, solo y libre de todo riesgo... ¡Pero esa sorpresiva parálisis ni siquiera me iba a permitir intentarlo! El horror y la desesperación se confundieron en un único y abominable sentimiento, en un pavor sobrenatural, en un verdadero infierno; y mi pavor se transformó en locura cuando los sepultureros volvieron y sellaron el féretro para conducirlo a la bóveda cuyo primer morador fui yo mismo... ¡Con la macabra particularidad de que aún sigo con vida!

***

Punzantes dolores sugieren que los gusanos han comenzado su despreciable tarea. El tiempo ha pasado (¡ignoro en qué medida!), pero ni por un segundo he logrado recuperar el dominio de mi cuerpo. ¡Si tan sólo pudiera mover un brazo para golpear ese maldito panel! Pero mi vida quedó trunca en este lúgubre sepulcro, y mi pena no cesa, como no cesa tampoco la mortal desolación que me subyuga.

Condenado a vivir muerto hasta que muera, sólo puedo escuchar el abismal silencio que, como la niebla, se esparce lentamente entre las tumbas. Y desear, como nunca he deseado en mi vida, que la existencia de aquella otra vida en la que no he creído sea tan cierta como la propia putrefacción que me desgarra.

Incluido en el libro de cuentos y relatos "Ficciones Metafísicas", de Agustín Francese (prox. aparición)